Mostrando entradas con la etiqueta Tomacó.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tomacó.. Mostrar todas las entradas

viernes, 12 de abril de 2024

Estación Villa Regina, fotografía tomada desde la barda norte.

 

“la fábrica de Fioravanti y Cía. que producía los productos “Tomacó”, la fabricación y marca correspondía a la “AFD”, también los producía en una planta similar en Mendoza).
Dependía del galpón de empaque ubicado en predio del ferrocarril, en ese entonces propiedad de la empresa inglesa, al igual que la AFD, gerencia que ejercía mi padre Alejandro Carnevale, hasta que fue trasladado a Bahía Blanca al frigorífico regional, también perteneciente a la AFD, hasta el traspaso de los ferrocarriles a la Nación.
La construcción donde se elaboraba el producto era parte del complejo Fioravanti y es la que está separada del resto con frente a la ex ruta 22 y las vías del ferrocarril. También se elaboraron las pastillas disecadas “Frutaco” de membrillo y manzana” finaliza la carta  el Arq. Julio Carnevale publicada en ¡BIEN DE REGINA!
+++ Imagen: Villa Regina Fotos Antiguas Fotos del Recuerdo.

sábado, 26 de septiembre de 2020

Tomacó, tomate concentrado, caja de 50 unidades. Producido por la Distribuidora Argentina de Frutas. Villa Regina.

 

Archivo General de la Nación Argentina.

Tomacó, tomate concentrado, caja de 50 unidades. Producido por la Distribuidora Argentina de Frutas. Villa Regina, Río Negro, s/f.

AR-AGN-AGAS01-DDF-rg-Caja 1031 - Inventario 227954.

viernes, 17 de julio de 2020

Contratapa de “El Gráfico”.


Villa Regina hacia fines de los cincuenta era más pueblo que nunca. El Atlético organizó el acontecimiento deportivo de la época, esos que terminan siendo leyendas con el paso de los años. Una carrera de bicicletas en medio de la Patagonia, excepcional para esos tiempos : La Doble Regina – Choele Choel, ida un sábado y regreso el domingo.


La cosa no terminaba allí porque estaba la flor y nata del ciclismo argentino, el equipo Proinco Pirelli con la estrella del momento Dante Benvenuti y tres laderos, uno mejor que el otro. La revista El Gráfico, Biblia nacional del deporte, lo cubría y patrocinaba periodísticamente su Director en persona, el mítico Dante Panzeri formaba parte del contingente visitante.

El mejor equipo argentino de ciclismo de la época, El Gráfico y Dante Panzeri en una Regina de escasos diez mil habitantes, nada más parecido a una revolución.

El tren del viernes trajo a los ilustres visitantes, y por lo menos un tercio de los reginenses los recibieron en la Estación. El sábado a media mañana la mitad del poblado asistió a la largada.

Entre los corredores locales se destacaba “Cachirla” Maisonave, el querido y popular encargado de la Confitería del Club que en sus ratos libres entrenaba soñando codearse algún día con los grandes. Este día ha llegado pensaba mientras aprontaba sus músculos para la carrera más importante de su vida.

Cachirla llamó la atención de Dante Panzeri, quien con ojo de porteño experto (aunque era cordobés de Las Varillas) le comentó al Presidente del Atlético: “Me gusta la estampa del pollo de ustedes, estoy seguro que va a andar bien”. El Presidente asintió con respeto de anfitrión, pero para sus adentros y conocedor del paño no tenía dudas de como serían las cosas.

Con el aliento de medio Regina partieron los competidores por la calle Rivadavia paralela a la vía del ferrocarril, para perderse mil metros adelante en curva a la izquierda donde la calle topaba con la fábrica Tomacó, cincuenta metros y curva a la derecha para enfilar la ruta vieja de tierra rumbo a Chichinales. La caravana la cerraba un cuidado camión Ford 1940 conducido por el Toto Sarden siempre con su media sonrisa pícara y ese día estrenando gorra acorde con semejante ocasión. Debía estar atento desde el fondo de la carrera a los abandonos o necesidades de auxilio de los corredores, función que se conocía como “barredora”.

Luego de agotadoras cuatro horas de pedal, tierra, ripio y más pedal llegaron a Choele. Lo previsto, las estrellas con Benvenuti al frente, frescos y cortados; atrás lejos y agotados, los zonales. En medio de ellos Cachirla Maisonave.

La cena y tertulia de Choele duró hasta la medianoche para las estrellas visitantes, algo bastante más para los del pago rionegrino. No tenía caso cuidarse en demasía frente a lo sucedido en la primera etapa.

Domingo de definición. Pasando Chimpay, a la altura de la curva hacia la derecha con rumbo oeste frente a la llamada Cueva del Pavo, Cachirla y dos más dieron el no va más y abandonaron , esperaron la barredora y se subieron al camión del Toto. Una lona los tapaba cubriéndolos del viento y la tierra, unos mates y bizcochos acomodaban su ánimo y energías.

En la bajada de Chichinales el Toto que había acelerado los últimos tramos con ganas de finalizar su gestión bajó su andar casi a cero para cruzar la vía del ferrocarril. No se sabe a quien se le ocurrió, pero alguien golpeó la capota gritándole que se detenga. Dos se bajaron, Cachirla el primero, más fresco que una lechuga montó de un salto nuevamente la bicicleta.

A los ocho kilómetros de los dieciséis que separan Chichinales de Regina, Cachirla Maisonave le dio alcance al pelotón de punta con las estrellas del ciclismo argentino.

Cuando desembocaron al fondo de la Rivadavia todo, pero todo Regina que estaba en la llegada vió venir punteando a Cachirla Maisonave, el hijo pródigo de la Perla del Valle, culminando la hazaña con la que siempre soñó e iniciando su historial de ídolo.

En la línea de llegada se hizo justicia porque Cachirla perdió el embalaje final quedando a media bicicleta de los ganadores. La multitud aullaba de emoción, Dante Panzeri lo palmeaba al Presidente del Club mientas le decía: “Que le dije yo, perdón por el pálpito, este muchacho es puro futuro”.

El Presidente con la boca abierta, mudo, no podía creerlo. Sabía que había algo raro, apenas los visitantes subieran al tren de regreso averiguaría que había sucedido.

El Toto Sarden como correspondía fue el último en llegar, regulando con su impecable Ford 40, la cara como una juguetería, seguramente pensando que siempre era bueno pegarle un susto a los porteños.

El Gráfico registró el momento de gloria de Cachirla Maisonave en la soñada contratapa: su foto, su nombre y el título “Nace un futuro campeón”. Mejor imposible, como si hoy lo registrara ESPN.

El cuadro con la contratapa de El Gráfico estuvo por mucho tiempo en la Confitería del Club Atlético Regina. La emoción de los que vieron aquel domingo glorioso el embalaje final con Cachirla Maisonave a la rueda del campeonísimo Dante Benvenuti no se les olvidará jamás.

* Publicado por Juanjo Garcia/IMPACTO DEPORTIVO 13 AÑOS!!!!

viernes, 22 de mayo de 2020

CENSO FRUTÍCOLA DE LA AFD EN 1935.


CENSO FRUTÍCOLA DE LA AFD EN 1935.
La Colonia Regina guarda como fecha de fundación el año 1924; entonces se habilitó la primera zona que iniciará el poblamiento y la agricultura en esa parte del Alto Valle.
En 1926 se habilitó la estación de trenes; hasta su apertura los colonos llegaban a la estación 1.120 (Ingeniero Huergo).
En 1930 comenzó a funcionar la primera Comisión de Fomento, bajo la presidencia de Ítalo Rafaelli. Por esa fecha ya se había habilitado la tercera zona productiva.
"En esta colonia -señala Antonio Rodríguez en 'El alto Valle de Río Negro'- se hizo la primera planta industrial que se trajo al Valle, la fábrica de tomate, a la que años después la Argentine Fruit Distributors agregó instalaciones para la elaboración de tomate deshidratado, el Tomacó. (...) A Villa Regina se le debe la primera fábrica de dulce y una de las primeras y más importantes cooperativas vitivinícolas de la región".
Pocos registros hay de lo que se producía y plantaba en la década del '30 en esa localidad. Sin duda un documento ineludible para contar con datos de este tenor es el censo frutícola que la AFD hizo en 1935. El mismo se realizó en el departamento General Roca y en el Confluencia de Neuquén. Se trata del primer relevamiento realizado para todas las especies y variedades frutales y a través de él podemos saber qué plantaban los productores de peras y manzanas, cuáles eran las variedades más difundidas y en qué año fueron implantadas.
La Colonia Regina tenía cerca de 400 productores que ya contaban con sus primeras plantas de peras y manzanas. Los frutales que primero fueron plantados -entre 1925 y 1928- correspondieron a las familias de pioneros, entre ellos, Juan Alba, Ernesto y Guido Allemanni, César Alessandroni, Alfredo Alippi, Pío Andreolo, Onorato Angeloni, Luis Bachetta, Antonio Bante, José Barale, Alberico Batocchi, Gaetano Bellamogli, Héctor Benatti, Pablo Benedetti, Antonio Bernabé, Antonio Bertoldi, Bernardo Berzibi, Héctor Bettio, José Biacucci, José Bisconti, Blasick Matte, Bonadé Bottino, Bonelli Jorge, Bontorno Vito, Juan Borando, Borguese, Borsani, Francisco Brito, Luis Broda, Julio Brunetti, Businello, Caviatti, Caporalini, Ángel Carra, Emiliano Ciminelli, Valentín Cimolai y Dalssasso.
Los hijos de José del Tedesco (ver "Historia de vida") plantaron 180 manzanos de distintas variedades, 400 de peras William's en 1926 y 2.000 en 1930 y 900 plantas más de manzanas Rome en 1934. Este productor fue, sin dudas, uno de los primeros en incursionar en la fruticultura en la Colonia Regina, junto a Carmelo Dimartino, Antonio Fedalto, Alejandro Fasulo, Luis Fenizi, Bernardo Ferriccioni, Alfonso Fiordelli, Gregorio Rufino; Antonio Liberati, Benito Marco, Maximiliano Massaccesi, Torcuato Mei, José Melojanich, Juan Mion, Luis Mosquini, Francisco Mungai, Bartolomé Padín, Vicente Pece, A. Pesce, Jaime Picotti, la familia Perazzolli, Francisco Pimbelli, Domingo Poli, José Pretto, Nazareno Prislei, Primero Reineri, Julio Rey Pastor (que implantó manzanas y peras en esta zona y en Huergo, en 1922), Eugenio Rigatto, Luis Rigoni, Ángel Rossi, Antonio Rozza, Juan y Cayetano Rotter, Gregorio Rucabila, Mariano Scarolli, Blas Sferco, Orfeso Solca, Nazareno Silvetti, Marcelo Steffano, Ángel Tesolin, Antonio Ucotick, Eugenio Vecchi, Romano Venica, Francisco y Juan Vertua, José Vesprini, Juan Vitulich, Juan Zampa y Santos Zanini, entre otros. (S. Y.).

*** Susana Yapert.

Publicado en Diario "Río Negro".

miércoles, 4 de diciembre de 2013

ALEJANDRO CARNEVALE Y A LA AFD. SU PARTICIPACIÓN COMUNITARIA.

ALEJANDRO CARNEVALE Y A LA AFD.
HISTÓRICAS REGINENSES.

UN POCO DE HISTORIA.
En 1932 fue el año en que se resolvió levantar una gran fábrica de extracto de tomates.
El directorio de la sociedad anónima Torrigiani y Bagliani resolvió explorar las posibilidades de instalar una fábrica de conservas en la Colonia Regina por ser tierra fértil y las condiciones favorables del clima, por tratarse de una zona de regadío y  de existir unas 400 familias de agricultores podían facilitar la mano de obra femenina, requerida con preferencia y en gran número durante el período de la cosecha y de la fabricación.
Al tiempo que surgía la fábrica en Villa Regina, con su chimenea “histórica” de 43,50 mts. de altura. 
La firma Torrigiani y Bagliani tenía fabricas en Colonia Alvear, provincia de Mendoza, en proximidades de Quilmes (Buenos Aires) y otra en San Pedro (Jujuy).
Esta construcción fue realizada en 1932 por el Sr. Martignone y la primera elaboración de conservas se realizó en 1933, utilizándose 2.500.000 kgs. de tomate.
Según testimonios de Don José Luis Moschini, la sociedad compró a la Compañía Ítalo Argentina de Colonización (C.I.A.C.) los dos galpones que ésta tenía frente al Salado y utilizó sus chapas para techar la fábrica.
Aproximadamente hacia 1943 la fábrica fue vendida a la firma Fioravanti y Cía que la explotó durante varias décadas.
En los últimos tiempos pasó a propiedad del Sr. Miguel Fernández y finalmente a la empresa Servicios Vertua S.A. quien utiliza sus instalaciones como depósito de maquinaria y automotores, entre otras cosas. 
Actualmente esta propiedad está en venta dice un cartel instalado en esos terrenos.

En una carta de Lectores del Arq. Julio Daniel Carnevale que publicara el Periódico “La Comuna de Villa Regina” (miércoles 11 de enero de 2012) sobre la fábrica Fioravanti y Cía. en referencia a una nota de “Recordamos el pasado” de Franco González y que por ser información con aporte histórico difundo ¡BIEN DE REGINA!
Dice entre otros conceptos Julio Carnevale con respecto a “la fábrica de Fioravanti y Cía. que producía los productos “Tomacó”, la fabricación y marca correspondía a la “AFD” (también los producía en una planta similar en Mendoza).
Dependía del galpón de empaque ubicado en predio del ferrocarril, en ese entonces propiedad de la empresa inglesa, al igual que la AFD, gerencia que ejercía mi padre Alejandro Carnevale, hasta que fue trasladado a Bahía Blanca al frigorífico regional, también perteneciente a la AFD, hasta el traspaso de los ferrocarriles a la Nación.
La construcción donde se elaboraba el producto era parte del complejo Fioravanti y es la que está separada del resto con frente a la ex ruta 22 y las vías del ferrocarril. También se elaboraron las pastillas disecadas “Frutaco” de membrillo y manzana” finaliza la carta  el Arq. Julio Carnevale.


Los años juveniles junto a pioneros
de la radiodifusión en Villa Regina.

DATOS DE ALEJANDRO CARNEVALE - PARTICIPACIÓN COMUNITARIA:
* CONCEJAL MUNICIPAL entre los años 1963 -1966 siendo Gobernador de la Provincia de Río Negro, Carlos Christian Nielsen.
El Concejo Municipal de Villa Regina estaba conformado por: el Ing. Eduardo Agustín González Jezzi como presidente del cuerpo colegiado y como concejales: el Contador Antonio Luis Berola, Don Alejandro Carnevale, Don Carlos Nicasio Peralta y el Doctor Raúl Mario Suárez.
Fue uno de los integrantes y socio fundador de la 1ra. Comisión Club de Leones; llegó a ser Presidente del Club Atlético Regina.
Por 1957 cuando nace a la vida institucional de Villa Regina el Aéro Club Villa Regina reunidos en Asamblea de Socios. Se distribuyeron  los cargos que quedando Alejandro Carnevale  como Presidente de la misma.
Participó de la 1ra. Cooperadora del Colegio Nacional en el año 1954.
Representó al Movimiento Cooperativista en la Confederación Económica de Río Negro.
Fue militante del Partido Socialista Democrático.

Integró las comisiones directivas de la Cámara de Comercio, Industria y Producción de Villa Regina entre los años 1963-1965 en la Comisión Revisora de Cuentas.

lunes, 18 de febrero de 2013

‘¡¿Qué facciamo con i pomodori?!’ ( ¿Qué hacemos con los tomates?)”.

"Hacíamos concentrado de tomates en tabletas".
Enrique Santiago Langer llegó a Regina como empleado de la CIAC en 1928. Tenía entonces 17 años y hoy, a pocos días de cumplir 95, cuenta aquella experiencia por Susana Yappert.

Esta entrevista fue publicada en el Suplemento "El Rural" de Diario "Río Negro", sábado 13 de mayo de 2005.
Enrique Santiago Langer vive en Bariloche hace 15 años, pero su vínculo con la provincia comenzó hace casi 80, cuando fue contratado por la Compañía Italo Argentina de Colonización y se estableció en Villa Regina. Un poco por obra del azar, una mañana bajó de un tren para iniciar su vida en la Colonia Regina Pacini de Alvear, para él un lugar tan remoto como ajeno. Enrique había vivido siempre en la Capital y, de pronto, amaneció en una geografía esteparia, con bardas de un lado y alpatacos del otro. Este joven nada sabía del viento patagónico y de su furia. Apenas había transitado 17 años de vida en una de las principales ciudades del continente. Era nieto de un genovés de ascendencia austríaca. Su padre ya era criollo y vivía siempre en Buenos Aires junto a su familia.
Francisco asistía al colegio Carlos Pellegrini hasta que decidió cambiarlo por una academia para aprender contabilidad. Su padre tenía un comercio, pero quería otro destino para su hijo. Por eso no dejó pasar una oportunidad que se le presentó detrás del mostrador. “Una clienta tenía un contacto en el Banco Francés Italiano, que estaba en la esquina de San Martín y Cangallo –relata– y pocos días más tarde nos comunicó que habían aceptado su recomendación y que me contratarían para trabajar de administrativo en un nuevo emprendimiento colonizador, una colonia 100% italiana, la Colonia Regina”.
La Compañía Italo Argentina de Colonización (CIAC) había comprado unas 5.000 hectáreas que fraccionaron en parcelas de 10 a 15 hectáreas para ofrecer a inmigrantes italianos. “A medida que iban habilitando el riego y levantaba una casita en la parcela –cuenta Enrique– le otorgaban la tierra a una familia. Los colonos, cuando llegaban ya tenían asignada la parcela. La Banca Comercial italiana era la que financiaba todo el sistema. La CIAC tenía un hombre al frente de su planificación, el Ingeniero Bonoli y otro al frente de las obras de riego, el ingeniero Bicchi. Los inmigrantes que llegaban para hacerse agricultores, provenían de distintos lugares de Italia y si no hablaban el italiano no se entendían porque todos tenían dialectos diferentes.
“Fue un tiempo duro, sacrificado pero intenso. Yo no estuve para la fundación, llegué tres años después, aun así tenía contacto con cada uno de los italianos que fueron a vivir allí. Me acuerdo del primer día de trabajo. Me pidieron que escribiera un texto en una máquina de escribir pero como estaba nervioso puse el carbónico al revés (risas). Aprendí mucho esos años. De algún modo vi nacer el pueblo. Me ocupaba de la venta de tierras, de cobrar las cuotas, era el nexo entre la CIAC y los inmigrantes. Aprendí el italiano, aún lo escribo y lo leo. Recuerdo que los colonos que llegaban hacían inmediatamente sus huertas y plantaban lo que salía rápido, como tomates o vid y luego pasaban a las plantaciones de manzanas, peras, ciruelas o duraznos”.
De aquellos primeros tiempos, Enrique guarda riquísimas anécdotas. Puede reconstruir aquel nuevo mundo que se desplegaba para estos laboriosos italianos que llegaban esperanzados, imaginando un paraíso que no existía o que no encontraron nunca. Los que se decidieron a construirlo –si vale el término– lo hicieron sólo a fuerza de trabajo durísimo que terminó venciendo a una geografía hostil y a una realidad aun más hostil, la de un país distinto y cambiante que les enseñó secretos y estrategias para mantenerse a flote. “Hubo momentos difíciles –explica Langer–, momentos de crisis en los cuales algunos colonos decidieron dejar todo e irse, se desanimaron cuando vieron que no podían pagar su tierra. Hubo quienes pelearon durante mucho tiempo con el salitre que tenía la tierra y otros que aguantaron los malos tiempos, se quedaron, superaron sus dificultades y resistieron a la hora de los remates”.
CHE FACCIAMO CON I POMODORI?
Pasaron los años y Langer fue contratado por una fábrica que se instaló en la Colonia Regina. La firma se dedicaba a industrializar el tomate que se cultivaba en la región. “La fábrica era Torrigiani & Bagliani y me mandaron como colaborador de las cosechas. Estábamos durante el invierno en Buenos Aires y nos íbamos a la Colonia Regina para las temporadas. Ya estaba casado y fueron llegando mis hijos: Norberto, Norma y Ernesto. Mi hija Norma casi nace en Regina. Mi mujer era de Buenos Aires, habíamos ido juntos a la escuela y aceptó ir conmigo a Regina, me acompañó toda la vida. Mi esposa se llamaba Luisa Marfa Conti, bautizada con el nombre de una protagonista de una novela rusa que leía su abuela en Italia. Pasábamos las fiestas en Buenos Aires y después nos instalábamos en el Valle hasta fines de marzo o principios de abril. Viajábamos en tren. En esta empresa estuve muchos años. Cuando trabajaba para la CIAC, tomé contacto con Torrigiani & Bagliani. La firma hacía extracto de tomate con la marca Scala, tomate pelado de la variedad Samarsano, perita, y también redondo. La fábrica era importante, bastante bien puesta”.
Los chacareros llegaban a la fábrica en chatas tiradas por caballos, como planchones con los cajones de madera llenos de tomates, recuerda Norma, hija de Enrique. “Había temporadas buenísimas y otras muy bravas. Sobre todo cuando había más tomates de los que se podían comprar y los chacareros no sabían qué hacer con la cosecha. Nos atorábamos de tomates. Los pagábamos 3 centavos el kilo. Recuerdo a un colono Chiachiarini que se paraba frente a la puerta de la fábrica y gritaba: ‘¡¿Qué facciamo con  i pomodori?!’ (¿qué hacemos con los tomates?)”.
Durante la Segunda Guerra Mundial hubo desabastecimiento de muchos productos, entre ellos, la hojalata que utilizaban para envasar los tomates, de modo que fue indispensable sustituirla. Enrique cuenta que durante algunos años deshidrataban los tomates y los envasaban con una técnica muy peculiar: “Hacíamos en concentrado de tomates en tabletas. El Tomacó. Se desecaba el tomate, se cortaba en rectángulos y se los guardaba apilados en una cajita”. “Creo que venían de a 10, eran como curitas más grandes envueltas en papel celofán –grafica Norma–. Uno sacaba la tableta y la metía en un jarrito con agua tibia para disolverlo. Cuando se hacía el Tomacó, ponían los tomates en un secadero enorme, metían los tomates en unas sarandas cubiertas de una tela de algodón y los secaban al horno para deshidratarlos”.
Durante el tiempo en el cual Enrique trabajó en la Colonia, y en tiempo de cosecha la fábrica trabajaba 24 horas en tres turnos. El director era entonces el Cavaliere Migniani.
Enrique recuerda también a otras personas que trabajaron con ellos. A María Civardi, esposa del chofer de la fábrica y que los ayudaba en la cocina, su marido se llamaba Domingo y su cuñado Aquiles Civardi, que era carpintero allí. “Convivían con nosotros –cuenta Langer–. Una vez fuimos juntos a San Martín de Los Andes. Recuerdo a los Piccotti, nuestros vecinos, al doctor Canali, también director de la fábrica y que sucedió al Cavaliere Migniani. El doctor Canali llegó solo y luego vino su familia, su señora Yolanda y sus dos hijos, Iza luego de Longhinotti (que todavía vive en Regina y se comunica con nosotros) y Gildo. También me acuerdo de los Piccinini, uno estaba en la oficina y otro era mecánico de la fábrica”.
Norma cuenta que cuando llegaban a Regina para pasar el verano los esperaban los hijos de los chacareros. “Era una fiesta el reencuentro con ellos cada temporada. Andábamos en bicicleta por las chacras, jugábamos todo el día. También recuerdo el teléfono a manivela que tenía la fábrica, que comunicaba a una central telefónica y la publicidad de los tomates Scala que la radio repetía”.
La familia Langer tenía una casa en la puerta de la fábrica. Todos los domingos, iban a esperar el tren, en él llegaban los diarios y las noticias de la capital. Les divertía ver a los viajeros que llegaban en cada servicio, la gente nueva, las familiares y las visitas de los residentes. Otra de las actividades recreativas que tenía la familia Langer era ir al Círculo Italiano. “Ibamos a ver las compañías de ópera y opereta que venían de Buenos Aires. Los espectáculos siempre eran a sala llena, llena de nostálgicos italianos que iban a deleitarse con su música. También participábamos de los carnavales que eran muy alegres. Era un mundo distinto. De diversiones más simples y en familia. Los chacareros y empleados de la fábrica, tenían otro entretenimiento: salían en camiones a cazar, tenemos alguna foto en las que hay un grupo de hombres con sus escopetas”.
De Torrigiani & Bagliani Enrique pasó a la parte comercial del producto operada por Fioravanti y Cía. “Es la fábrica de la chimenea que se ve cuando uno llega a Regina, ellos vendían los productos nuestros, de los tomates Scala”. Luego de años de viajes entre Regina y la Capital, Enrique fue trasladado a Quilmes, a Giraud, otra industria de comestibles también de Fioravanti. “Allí hacían encurtidos, enlatados varios, tomates, antipasto, pickles, y los carcchiofini. Eran los cardos pequeños que traía en canastos, generalmente eran mujeres las que cosechaban esos brotes para vender y los envasábamos. Se comía el corazón del brote, que era como un alcaucil.”
La familia Langer volvió a la capital en 1950. Por esa fecha Enrique trabajaba en las oficinas de Hipólito Yrigoyen de Fioravanti y –luego de tantos años en la firma y en premio a su eficiencia– fue habilitado, es decir que participaba en las ganancias de la empresa. Esta situación duró unos años, hasta que Fioravanti cerró, como tantas empresas en aquella Argentina del Proceso. Luego Enrique pasó a la firma Gargantini donde se jubiló. Del 80 al 90, ya jubilado, siguió trabajando en una empresa de la cual se retiró por cuestiones personales.
EL REGRESO A RIO NEGRO.
Enrique enviudó en 1971 y muchos años siguió viviendo solo en Buenos Aires. Su hija Norma se había cansado de la ciudad y se instaló en Mar de Ajó, junto a su marido Bruno Julio D´Avanzo y sus cuatro hijos: Bruno, Cristina, Pablo y Diego.
Enrique los visitaba con frecuencia, pero luego de una década Norma y su marido decidieron partir con un nuevo destino: escribieron a varias ciudades para conseguir información y se decidieron por Bariloche. Subieron a sus chicos, ya adolescentes, a una camioneta, y llegaron a la región de los lagos.
Inmediatamente consiguieron trabajo, Norma era maestra y su marido, técnico en televisores. La familia se adoptó bien y echaron raíces en esta provincia. “Ellos iniciaron el regreso a Río Negro –afirma Enrique–. Otro de mis hijos también vive aquí y el otro en Italia. Yo me mudé hace algo más de 15 años a Bariloche. Casi toda mi familia estaba acá y no tenía sentido seguir solo en Buenos Aires. Creo que he vivido tantos años porque tuve una vida sana, una familia longeva, de hecho tengo a todos mis hermanos vivos y alrededor de los 90 años, y sobre todo por el amor de mi familia. Mi hija me invitó a vivir con ella y con su familia y me cuida horrores. El afecto de todos me ha permitido llegar tan bien a los 95 años”.
En la casa de la familia D´ Avanzo-Langer hay todo el día movimiento. Norma mima a todo el mundo, desde que se jubiló se dedicó a hacer cursos en el INTA y experimenta haciendo dulces deliciosos. Su marido, como todos los años en que hay un mundial, está tapado de trabajo. Enrique vive en un departamento independiente dentro de la casa pero está permanentemente acompañado. En su loft lee el diario todos los días, se cocina y disfruta de sus hijos, sus 11 nietos y 19 bisnietos, algunos de los cuales entran y salen de la casa repartiendo besos al abuelo, quien no se cansa de decir que es el amor lo que le ha dado tanta vida.